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Massacre: el rito del skate y la psicodelia en el C Art Media

​La humedad de la ciudad se condensaba en la puerta del C Art Media, pero adentro el aire ya estaba cargado de esa expectativa eléctrica que solo genera Massacre. No era un show más; era otra escala en el viaje interdimensional de Walas y compañía, una misa pagana donde el skate rock de los 90 se abraza con el surrealismo de Biblia-Ovni.



​Apenas las luces se apagaron, el rugido de la multitud confirmó que el «público Massacre» es una logia fiel. Walas irrumpió en escena con esa presencia magnética de chamán urbano, alternando entre la fragilidad de un dandy y la fuerza de un ícono del punk.
​La banda, ajustada como un reloj suizo pero con el corazón en llamas, disparó los primeros acordes. La arquitectura acústica del C Art Media permitió que las guitarras de Pablo M. y el Tano se entrelazaran en capas de distorsión y delay que por momentos hacían olvidar que estábamos en Chacarita y no en una nave espacial.



​El recorrido del setlist fue un equilibrio perfecto entre la urgencia de los clásicos y la sofisticación de sus etapas más recientes:
​La nostalgia explosiva: Temas como «Plan B» y «Diferentes» desataron el pogo obligatorio, ese remolino de cuerpos que, a pesar de los años, mantiene la misma mística del Cemento o el Arlequines.
​La profundidad psicodélica: Cuando sonaron las piezas de sus últimos discos, el show se transformó en una experiencia inmersiva. Las visuales jugaban con la estética retro-futurista de la banda, mientras Walas lanzaba sus ya clásicas homilías sobre el cosmos, el amor y la resistencia espiritual.
​El Himno: «La Octava Maravilla» fue, sin duda, el momento donde las gargantas se unieron en un solo grito, confirmando que Massacre ha logrado lo que pocas bandas de culto: volverse populares sin perder ni un gramo de su esencia extraña.



​Lo que vivimos en el C Art Media no fue solo un concierto; fue un recordatorio de que el rock argentino sigue teniendo rincones donde la imaginación manda. Massacre no solo toca canciones, construye mundos.
​Al salir a la calle, con los oídos zumbando y el corazón liviano, quedó claro que mientras Walas siga empuñando el micrófono, el skate seguirá rodando por las estrellas.
​Dato clave: La puesta en escena destacó por un diseño de luces que acompañó la metamorfosis del sonido, pasando de la oscuridad post-punk a explosiones de color que hacían justicia a la lírica de la banda.

Crónica por Jessica Vispo y Juan Manuel Burtin

Fotos por David Lescano