Hay rituales que con el paso del tiempo no pierden un solo gramo de su potencia original. Lo que se vivió durante los shows de Cadena Perpetua este mes de octubre en el Teatro Flores no fue simplemente una serie de conciertos de punk rock: fue una demostración de vigencia, arraigo y comunión entre generaciones de seguidores que colmaron el mítico recinto de la Avenida Rivadavia para ser parte de un pogo histórico.












Un arranque sin anestesia en el corazón de Flores
Desde temprano, la vereda de Rivadavia al 7800 presagiaba una jornada intensa. Trapos colgados, remeras negras con estampados de Buscando salidas o Demasiada intimidad, y el murmullo impaciente de una multitud que combinaba a los históricos de los ’90 con pibes que vivían su primera experiencia con la banda en vivo.
Con puntualidad y sin rodeos, las luces del Teatro Flores se apagaron para dar paso a la sobrecarga eléctrica. Desde los primeros acordes, la pista se transformó en un caldero. Hernán Valente (Vala) en voz y guitarra, Eduardo Graziadei en el bajo y Chino Biscotti en la batería desplegaron ese paredón de sonido compacto, acelerado e inconfundible que sostienen desde hace más de tres décadas.












Un setlist demoledor: viaje al corazón del punk nacional
El repertorio estuvo pensado como un recorrido vertiginoso por la discografía de la banda, intercalando himnos históricos con esas canciones que despiertan la furia en el centro del teatro:
- El estallido inicial: Sonaron clásico tras clásico sin dar respiro entre tema y tema, encendiendo el pogo en el gran espacio de la pista central.
- La pausa reflexiva: Fiel a su estilo, la banda se tomó unos minutos para dialogar con el público, agradecer el aguante incondicional en tiempos difíciles y mantener encendida la llama del pensamiento crítico.






Fotografía Yoel Alderisi
